lunes, 10 de enero de 2011

El pájaro espectador de Wallace Stegner




Joe es de profesión agente literario aunque ya está jubilado,vive en California junto a su esposa Ruth en una casa en el campo, allí los días transcurren tranquilos en contacto con la naturaleza.
Un día reciben una carta de Astrid una antigua amiga a la que conocieron en un viaje que realizaron a Dinamarca
El mismo día que reciben la carta, por la noche Joe desempolva el diario que escribió hace más de treinta años, en sus páginas anotó el día a día desde el inicio del viaje y los días de estancia que se alojaron en casa de Astrid al llegar a Dinamarca.
Ruth le pide a Joe que cada día antes de irse a dormir lea para ella un párrafo de ese diario, al principio él se niega pero acaba leyendo.
Al principio del libro creí que se centraría en la historia de Joe, pues su madre, una chica embarazada y soltera un día decide buscar una vida mejor, así que sube a un barco desde Dinamarca con destino a América. También pensé que trataría el tema de la prematura y extraña muerte del hijo de Joe y Ruth, pero no ha sido así.
Es una novela espléndida que habla de la amistad, la vejez, la enfermedad...pero sobre todo del amor entre dos personas.
Que la vida y la convivencia no siempre es fácil. Que existen vacíos e insatisfacciones, pero precisamente por eso cuando hacemos repaso a nuestra experiencia valoramos más lo que tenemos y a quienes están a nuestro lado
Como siempre dejo algunos de tantos párrafos que he subrayado:
Mi ojo, que iba bajando por la página, advirtió que se acercaba algo en lo que yo no me quería meter, una de esas cosas que te agitan el pecho y ese ¿por qué, por qué, por qué, dónde empecé a hacerlo mal, cómo me las arreglé para destruir a la única persona, además de Ruth, con quien solamente deseaba ser amable y encantador? Si lo hubiera necesitado, le habría dado un riñón, le habrían podido transplantar mi corazón. Y aún así me convertí en su maestro de escuela y su carcelero y su juez. (Pág. 59)
Hay una parte de sentimiento en nosotros que no llega a envejecer. Si pudiéramos raspar la callosidad y quisiéramos, nos encontraríamos, intacto pese al paso del tiempo, lozano, vulnerable, afligido volátil y ciego a sus consecuencias, un conjunto de marcas tan fuera de control como las erecciones de un adolescente. Ese ser asintiente es el que Ruth no deja de intentar, melancólicamente, poner al descubierto en mi…(Pág. 128)
¿Qué es más profundo, el amor de un padre o el desprecio de un padre decepcionado?(Pág. 158)
-De las sacudidas que todos recibimos en este mundo-dije-. La diferencia entre lo que nos gustaría ser y lo que conseguimos ser. ¿Cómo voy a respetarme a mí mismo cuando sé que estoy confuso y soy cobarde? ¿Cómo puedo respetar al mundo en el que no se valora nada de lo que creo? ¿Cómo vivir y hacerse viejo dentro de una cabeza que desprecio, en una cultura que menosprecio? (Pág. 161)
Hay veces que si miras a los ojos de otra persona y hay una carga emocional entre los dos, hasta la mirada más firme parece quebrarse en temblores y latidos, como si innumerables minúsculas líneas de fuerza se dispersasen en todas direcciones a partir del haz del foco. Nos miramos el uno al otro de esa manera y se quedó esperando sin creerme…(Pág. 282)
En el vestíbulo, agarré un abrigo de una percha. Al abrir la puerta noté en la cara el aire frío de la noche. Era una noche tranquila y neblinosa, la luna estaba casi en vertical sobre mi cabeza, con un halo color perla alrededor, Caminé arriba y abajo por el asfalto de la entrada apretando los dientes, con lágrimas en los ojos: Marcus Aurelius Allston, el pájaro espectador, a quien le habían arrancado la plumas en un juego en el que se creía protegido por la cláusula del abuelo. Aquella otra noche, la noche de San Juan de hacía veinte años, trató de ocupar su cabeza en otros pensamientos igual que la luz de la luna iba ocupando la cima de la colina hacia donde caminaba. (Pág. 284)
Y, dos horas más tarde, estaba de pie sobre la hierba mojada, insomne, inquieto, angustiado sin saber por qué, atrapado entre un día que no iba a morir del todo y otro que no estaba preparado para nacer. El mundo entero, y yo con él, colgaba de la cúspide misma del verano...(Pág. 287)
A aquella distancia no era más que una forma. Y por su manera de moverse supe quien era. La observé desde debajo de los cipreses y me pareció que así a treinta metros podría oír los latidos de mi corazón. Creía verla inclinar la cabeza para escuchar cómo yo la escuchaba... (Pág.287)
¿Volví la vista atrás y sentí que había desperdiciado la oportunidad de alcanzar eso que llaman realización?¿Conté las cumbres de las montañas de mi vida y descubrí que sólo eran lomas?
Una de las mejores cosas que tiene eso de hablar a fondo de algo es que despierta la necesidad de mimar al otro.
Entonces, ¿por qué llorar por ello veinte años después? Porque en cada elección hay un componente, tal vez un gran componente, de dolor." (pag. 302).